martes 3 de marzo de 2009

Cero ka eme...

Amo como una lluvia torrencial de Gancia con limón andar en mi 0 km. Recién comprado, el olor del interior, descubrir detalles de confort que mi Fiat Uno usado ni soñaba tener, amo pasar en la ruta a otros autos porque ahora el motor me lo permite, amo el stéreo original que me permite llevar sólo el MP3 en la guantera y tener horas de música, amo ir encontrando pequeñas funciones que no sabía que el auto tenía, amo que mi patente empiece con “H” y que cuando el cartelito en la ruta indicaba el km 200, mi cuentakilómetros marcaba 210, amo que el tipo de la concesionaria se siente al lado mío y me indique cómo se maneja cada cosa, sabiendo que en segundos voy a ser yo el que las voy a comandar, amo los autos con cuatro puertas y baúl (NO a las dos puertas y portón trasero) y amo que la rueda de auxilio esté sin rodar.

Pero odio como si me pulverizaran diarrea con un bombero loco el tiempo que la concesionaria tarda en entregarte tu auto (un desafío a la paciencia) y que se las ingenien para que aparezcan pagos que no imaginabas que existían, odio a los preguntones que te dicen “consume mucho? Te salió bueno? Es gasolero? Qué trae?”,
odio que al ser nuevo se note cada puntito, cada rayita, y tener que cuidarlo como a una virgen de 15 años hasta que se te va la obsesión, odio descubrir que algunos detalles de confort que pensabas disfrutar vienen en la siguiente versión, más cara y lejos de tu alcance, odio que después de cambiar tus magros ahorros en dólares para comprar el auto, la divisa norteamericana suba a razón de 5 centavos por día, odio los agoreros que te dicen “Uuuyyy, pero paga fortunas de patente!! Y no hay repuestos, lo sacaron al mercado muy pronto!!” y odio que todo el que se sube (empezando por mis hijas) toquetee todo sin parar poniendo a prueba mis nervios. Una a favor: No trae cenicero, y yo ODIO que fumen en mi auto!!

miércoles 4 de febrero de 2009

Chateo chato...

Amo con destreza de acróbata chino entrar al MSN y ver que mi contacto preferido está conectado, amo sorprenderme gratamente en la primera charla descubriendo coincidencias y empatía, amo que mi interlocutor escriba rápido, bien y esté atento a la conversación, amo que me demuestren ingenio, buen humor y tolerancia, amo las Webcams, ya que soy voyeur y exhibicionista por partes iguales, amo el “cachondeo” y que las personas no tengan tabúes para hablar de lo que sea sin escandalizarse, amo mirar la foto de quien conversa conmigo mientras escribo, ya que no es como escribir al aire y le pone cara al destinatario, amo el buen carácter, la amabilidad, la paciencia, tanto en el chat como en la vida, amo zafarme y que me sigan el juego, amo el chat como herramienta de contacto social que no se extingue en sí misma (si me gustás por chat, te quiero conocer en persona), amo el poder de síntesis y la elocuencia fluida, amo el “timing” de quien comprende que la instancia de diálogo implica ceder la palabra turno por medio y no ametrallarte a oraciones sin redondear ningún tema, amo figurar como “no conectado” y sobrevolar mis contactos como el hombre invisible, hablando sólo con quien estoy de humor para hacerlo.

Pero odio hasta que la cabeza me gira alrededor del tronco cuando quien conversa conmigo mantiene 5 pantallas abiertas y mete una frase cada 15 minutos, mayormente monosílabos de compromiso, odio al que desaparece sin explicación y le parece lo más normal del mundo, odio al que se ofende fácil, al susceptible, las histéricas y las pacatas, odio (ay, cómo odio) los dibujitos, circulitos, muñequitos y demás trucos que reemplazan a las palabras, odio que me borren de la lista de contactos sin motivo aparente, odio la tensión que se produce cuando no hay onda y te quedás sin tema, deseando que se corte la luz, odio la asimetría de motivaciones: Yo espero ansioso hablar con vos, pero vos pensás que soy un plomo y me esquivás, odio las historias falsas que se amparan en el anonimato de la virtualidad, odio las amistades exclusivamente cibernéticas…sé que es muy de esta época, pero yo no lo soy, odio que me dejen hablando solo y a la media hora me digan “me fui a comer” (y por qué no me avisaste?? Chat significa Charla…estábamos charlando, entendés??), odio al que escribe y no lee, o escribe lo que quiere y pasa por alto tus preguntas, sin seguir un hilo lógico, odio que escriban sin tildes, signos de puntuación o resumiendo palabras (“que” no es “q”!!!) o cambiando letras, como “k” por “q”…en resumen, odio ser un viejo insertado en un mundo hecho para adolescentes.

sábado 31 de enero de 2009

Amores y odios en la playa...

Amo con sinceridad peligrosa cuando las chicas con pequeños bikinis (y el cuerpo adecuado para usarlo) se meten al mar y las olas hacen lo suyo, corriéndo la tela unos milímetros en cada embestida, mientras ellas lo acomodan entre risas, amo caminar kilómetros por la arena y no darme cuenta, cuando en la ciudad quedo con la lengua afuera y enfermo de fastidio a las dos cuadras, amo ir de noche a la playa y ver el cielo limpio con una cantidad de estrellas que las luces y el smog de la metrópoli no dejan apreciar, amo alquilar carpa (cuando la plata da) en un buen balneario que ofrezca actividades recreativas como paddle, restaurante, duchas o alquiler de juegos de mesa, que la arena esté limpia y rastrillada, que la playa no sea ni del todo familiar con la típica familia ballenezca que toma mate y come sandwiches de milanesa, ni del todo fashion, con pendejos rubios y lolitas creídas que se producen como si fueran a bailar, amo leer a la sombra mientras la leve brisa del mar me acaricia el cuerpo, amo que el alojamiento de las vacaciones quede cerca de la playa y no tenga que caminar cargado de bártulos en un raid demencial al rayo del sol y amo cuando el mar tiene buenas olas que me permiten barrenar como si fuera un chico, quedándome en el agua hasta que los dedos se me arrugan.
Pero odio con virulencia de rostro inexpresivo ir caminando por la costa y ver que en el agua flotan choclos comidos, bolsas de nylon o paquetes de saladix, entre otras cosas, odio las colillas de cigarrillo en la arena (pocas cosas me dan más asco en la vida), odio que alquilar una carpa una semana cueste lo mismo que alquilar un departamento de tres ambientes por el mismo lapso, odio no encontrar nadie en la familia o amigos a quien le guste hacer las mismas cosas en la playa, derivando en aburrimiento, odio el viento que levanta la arena y se te clava como millones de dardos microscópicos en el cuerpo, odio los vendedores ambulantes en todas sus formas (pareos, bijouterie, choclos, aviones de telgopor etc.), odio los perros en la playa, las dificultades para sacarse la arena pegada en los pies que invariablemente termina en el departamento o en el auto, odio pensar "qué bueno, llegué en forma al verano!!!" y al mirar las fotos darme cuenta de que tengo el mismo cuerpo desde hace 3 o 4 años y que el tiempo no vueve atrás, odio quemarme los pies con la arena, odio llevar bultos a la playa pero también odio darme cuenta de lo bien que me hubiera venido tal o cual cosa, y odio olvidarme que tenía 50 pesos en el bolsillo de la malla cuando ya me metí en el mar hasta la cintura...

domingo 4 de enero de 2009

Luz, cámara...

Amo hasta la explosión de mi corazón ir al cine cuando estrenan una película que esperé por mucho tiempo, el pochocho salado (imprescindible contar con bebida), las películas de acción que logran ser originales y con argumento inteligente, las de terror que no se basan sólo en efectos especiales o digitales, amo ver los trailer de los próximos estrenos y comentar con quien me acompañe “…esta la voy a ver, esta ni loco…”, amo aprovisionarme de dulces, botellas, galletitas etc. en el kiosco de enfrente, burlando a la mafia usurera de Cinemark o Hoyt´s que te cobran mil dólares la gaseosa chica, amo los finales ingeniosos e inesperados, amo las películas que duran una hora y media (en los 80 todas duraban eso. Ahora el promedio es un poco más de dos horas), amo el cine de Tarantino, Night Shyamalan, Robert Rodriguez y Guy Ritchie, amo a Jim Carrey y Bruce Willis y daría diez años de mi vida por media hora con Scarlett Johansson, amo toda la liturgia “salida al cine con una chica”, con cena previa, charla posterior en barcito coqueto…y final feliz.

Pero odio con ceguera irreversible llegar al cine y ver que todas las películas empezaron, que en la cartelera no haya ninguna que me entusiasme de verdad y elija ver cualquiera bajo riesgo de comerme un garrón, odio las películas que no tienen sexo, violencia, sangre, monstruos o tiros, odio el cine europeo excepto algunas (pocas) excepciones, odio que me toque un jugador de NBA en la butaca de adelante, un inquieto con los pies en la de atrás, una pareja de habladores compulsivos a un costado o uno que haga ruido con el paquete de papas fritas al otro, odio a Woody Allen y Michael Moore, odio las películas “cámara en mano” que pululan como moscas y perdieron originalidad después de “The Blairwitch Project”, odio los cupones de descuento que o bien no incluyen el cine y la película elegida o bien vencieron hace tres meses, odio que el vendedor de entradas me diga “quiere llevarse unos caramelos Mogul por diez pesos más?”, odio ir al cine en grupo y que nadie se ponga de acuerdo con qué película ver, por lo que siempre alguien quedará disconforme.

miércoles 31 de diciembre de 2008

En lo personal, es claro...

Amo con tanto ímpetu que me tiemblan los labios leer en la pantallita del celular el nombre de la persona que espero, con un SMS o un llamado, amo jugar a los jueguitos del teléfono en el baño o hacerlo cuando el subte está repleto y apenas queda lugar para mover el pulgar, amo mandar mensajes con correcta puntuación y ortografía, incluyendo tildes, mayúsculas y comas (Sólo admito omitir el “¿” inicial), amo esa función de alarma que suena sola cada 5 minutos y permite remolonear un ratito más, amo los teléfonos con las funciones básicas, pero que estas sean justo las que necesito, amo que si se cae al piso y que al levantarlo esté intacto –lo mismo si se cae al inodoro o en el agua podrida de la calle-, que el ring tone sea un timbre común y estridente como los viejos de ENTEL y no cancioncitas, voces o chistes como el de la llama que llama, que pierden la gracia a la segunda vez, amo cargar nombres de chicas con pseudónimos masculinos (“María” es “Pedro” para quien chequee mi agenda), amo que la luz de la pantallita sea lo suficientemente fuerte como para ser utilizada como linterna y por último, amo que si lo pierdo me llamen y me digan “...yo encontré tu celu...” y no que lo vendan en Libertad por 40 pesos, amo que me provean el celular en el trabajo y pueda usarlo también por temas particulares…

Pero odio con un fuego que me sube por los intestinos el idioma SMS, con su mal uso de las “k”, “q” e inexistencia de comas, odio a los teléfono-adictos que se saben de memoria las marcas, modelos y precios de todos los celulares del mercado, odio a los que se enojan si tenés el celular apagado (Cómo se juega al fútbol, se hace spinning o se tiene sexo con el celular encima?), odio los celulares con cámara, MP3, ducha, hidromasaje y cama de dos plazas (ES UN TELEFONOOOO, CARAJO!!!!), odio que mi celular se transforme en una bola de hierro en el tobillo bajo la cláusula “disponibilidad full time”, odio cargar nombres y números en la agenda, tanto como odio los SMS de publicidad o los chistes en cadena, un equivalente de los mail power point , odio a las personas con las que no se puede mantener una conversación cara a cara de quince segundos sin que le suene el celular tres veces, igual que a aquellas que andan con cuatro aparatos en la cintura como Batman, odio los calcos, carcazas, audífonos u otros accesorios para tunear el teléfono, odio a quienes defienden los celulares como si de agua potable se tratara, olvidándose que hasta 1990 había vida en el planeta sin estos adminículos del demonio y finalmente, odio a aquellos que te catalogan por el celular que tenés como si no fuera una herramienta sino un símbolo de status como un reloj o una alhaja…

sábado 27 de diciembre de 2008

Vísteme despacio...

Amo con obsesión vergonzante la ropa cómoda, vestirme con bermudas, remeras sin mangas y de cuello redondo y ojotas o sandalias; amo en invierno que la campera que me ponga tenga peso propio y abrigue de verdad, amo las camisas bien planchadas (no por mi, por supuesto) y los colores lisos, las prendas “fetiche” que llevan años en el placard y no me decido a tirar, las camisetas de fútbol y los buzos de arquero, amo la ropa que de un modo u otro disimula defectos (algún rollito en la cintura) o realza virtudes (los hombros, los brazos), amo que me regalen ropa y que no sea comprada en La Salada o en Once de compromiso, amo las camisas ligeramente remangadas y con dos botones desprendidos y también cuando uso corbata, hacerlo con el nudo algo flojo y el último botón desprendido. Amo los guantes en invierno y las musculosas en verano, y al que me diga “grasa” le contesto “tenés toda la razón del mundo”…

Pero odio con ardor y compromiso las camisas cuadrillé, los pantalones de tiro bajo que parecen que te hubieras defecado encima, las gorras y la mayoría de los zapatos, odio pasar horas comprando ropa –yo entro y digo: “Quiero eso en XL…”, y me voy sin probármelo siquiera, odio usar la ropa arrugada pero también odio planchar, lo que me coloca en un dilema de difícil solución, odio que la ropa cuando vuelve del Laverap vuelva con dos talles menos y los colores apagados, odio los boxer de algodón y el concepto extremo de moda, que implica cosas como “los colores que se usan” o “es un modelo de la temporada pasada”, odio la ropa payasesca que requiere una personalidad tal que te haga ignorar las burlas del entorno y ser feliz, odio pasar frío en invierno sólo por estar elegante y odio vestirme de traje, aunque tenga que hacerlo rodos los días y es un hecho que el mundo te mira de otra manera.

jueves 23 de octubre de 2008

Sobredósis de TV

Amo con romanticismo indómito hacer zapping desde la cama sin quedarme más de una fracción de segundo en cada canal (excepto Hallmark y Europa Europa, que los paso de largo directamente), dormirme a la noche con el reflejo azul del televisor sin imagen hasta el “clack” del apagado automático, amo mis viejos televisores de tubo, a los que soy fiel sin resignarme a invertir varios miles en un plasma o LCD para ver la misma basura que veo en el otro, amo algunas series americanas de los 90, como Friends, Seinfeld o Everybody loves Raymond, amo mirar Venus sin el decodificador, escuchando gemidos distorsionados y viendo alguna teta entre rayas indefinidas. Por último amo ir a comer a algún restaurante acompañado, y sentarme estratégicamente frente a algún televisor en el que estén pasando un partido de fútbol, de modo que pueda seguir las alternativas aparentando estar atento a la charla.

Y Odio con desencanto torturante que a pesar de pagar el abono del cable, tenga que pagar aparte para todo lo interesante, además de soportar publicidad en la mayoría de los canales de películas, que el televisor del living sea monopolizado por mis hijas manteniendo la sintonía clavada en Disney Channel, odio los canales de aire, excepto honrosas excepciones (TVR, Fútbol de Primera y no se me ocurre nada más), odio las versiones nacionales de series americanas, la ficción nacional costumbrista, Tinelli y los programas de chimentos, detesto esas películas eróticas de The Film Zone donde pretenden mostrar todo sin mostrar nada, odio que suban el volumen durante las tandas ocasionándote sobresaltos atroces, los comerciales de “Llame ya” que venden porquerías impresentables a precio de oro, no soporto los canales deportivos que te pasan los partidos de los domingos enfocando todo el tiempo a la tribuna y te obliga a seguir las instancias del juego como si fuera una radio de mala calidad.