Amo hasta que me sangre el corazón llegar al gimnasio y que haya muy poca gente, hacer una rutina livianita, con el sol entrando por la ventana y tomándome el tiempo entre series sin que venga ningún molesto a preguntarme “Te falta mucho”. Amo calzarme los auriculares y entrenar con mi propia música, sin tener que soportar el sonido gay friendly de la música ambiental. Amo que al pesarme en el vestuario la báscula se clave en 88, y no tener que sacarme hasta los calzoncillos para ver si le gano algún gramo, transpirar hasta que se oscurece el color de la remera y cambia por completo, sentir los músculos adormecidos e inflados (aunque no se vean así), señal de que trabajaste bien, que haya tres o cuatro mujeres de esas que se matan entrenando pavoneándose en calzas: No hay mejor motivación para no aburrirte con los fierros, darte cuenta que a los casi 40 estás te ves mejor y más entrenado que algunos pibes de veintipico.
Odio como a la pascualina de acelga que el gimnasio esté lleno de patovicas gigantes que por comparación hacen que te veas como un alfeñique a pesar de tu tamaño, que te cambiás para entrenar y descubrís que te olvidaste las zapatillas en el otro bolso, que esa yegua imposible que no te deja concentrar en las pesas te engancha justo-justo cuando la estás mirando por el espejo, no una sino 117 veces, y se compadece de vos con un gesto de “¡Qué jeropa!”, que entrás a la clase de Spinning con el tiempo justo y no llevás agua, sintiendo que vas a morir deshidratado a los 25 minutos de ejercicio, que te olvidaste de llevar calzoncillos de repuesto y tenés que ponerte el jean sobre la piel, que pasás desapercibido para las mujeres del gimnasio, pero hay un par de tipos que te miran de una forma “rara”, que tenés ganas de hacer algo aeróbico y justo la última clase del día de Spinning o Body Combat empezó hace 20 minutos y encima todas las cintas y escaladoras están ocupadas.
Odio como a la pascualina de acelga que el gimnasio esté lleno de patovicas gigantes que por comparación hacen que te veas como un alfeñique a pesar de tu tamaño, que te cambiás para entrenar y descubrís que te olvidaste las zapatillas en el otro bolso, que esa yegua imposible que no te deja concentrar en las pesas te engancha justo-justo cuando la estás mirando por el espejo, no una sino 117 veces, y se compadece de vos con un gesto de “¡Qué jeropa!”, que entrás a la clase de Spinning con el tiempo justo y no llevás agua, sintiendo que vas a morir deshidratado a los 25 minutos de ejercicio, que te olvidaste de llevar calzoncillos de repuesto y tenés que ponerte el jean sobre la piel, que pasás desapercibido para las mujeres del gimnasio, pero hay un par de tipos que te miran de una forma “rara”, que tenés ganas de hacer algo aeróbico y justo la última clase del día de Spinning o Body Combat empezó hace 20 minutos y encima todas las cintas y escaladoras están ocupadas.
