sábado 30 de agosto de 2008

En el Gym

Amo hasta que me sangre el corazón llegar al gimnasio y que haya muy poca gente, hacer una rutina livianita, con el sol entrando por la ventana y tomándome el tiempo entre series sin que venga ningún molesto a preguntarme “Te falta mucho”. Amo calzarme los auriculares y entrenar con mi propia música, sin tener que soportar el sonido gay friendly de la música ambiental. Amo que al pesarme en el vestuario la báscula se clave en 88, y no tener que sacarme hasta los calzoncillos para ver si le gano algún gramo, transpirar hasta que se oscurece el color de la remera y cambia por completo, sentir los músculos adormecidos e inflados (aunque no se vean así), señal de que trabajaste bien, que haya tres o cuatro mujeres de esas que se matan entrenando pavoneándose en calzas: No hay mejor motivación para no aburrirte con los fierros, darte cuenta que a los casi 40 estás te ves mejor y más entrenado que algunos pibes de veintipico.



Odio como a la pascualina de acelga que el gimnasio esté lleno de patovicas gigantes que por comparación hacen que te veas como un alfeñique a pesar de tu tamaño, que te cambiás para entrenar y descubrís que te olvidaste las zapatillas en el otro bolso, que esa yegua imposible que no te deja concentrar en las pesas te engancha justo-justo cuando la estás mirando por el espejo, no una sino 117 veces, y se compadece de vos con un gesto de “¡Qué jeropa!”, que entrás a la clase de Spinning con el tiempo justo y no llevás agua, sintiendo que vas a morir deshidratado a los 25 minutos de ejercicio, que te olvidaste de llevar calzoncillos de repuesto y tenés que ponerte el jean sobre la piel, que pasás desapercibido para las mujeres del gimnasio, pero hay un par de tipos que te miran de una forma “rara”, que tenés ganas de hacer algo aeróbico y justo la última clase del día de Spinning o Body Combat empezó hace 20 minutos y encima todas las cintas y escaladoras están ocupadas.

miércoles 13 de agosto de 2008

Oficinas

Amo con pasión otoñal llegar a la oficina y que alguien haya comprando facturas, torta o galletitas. Que ya haya pasado el técnico de la máquina de café y no salga sólo agua caliente. Que la bandeja de entrada tenga como mucho 20 o 25 mails. Que me llame la recepcionista recontrafuerte de casa central, a la que le dieron mi nombre para cuando tenga que solucionar algún problema y me hable con su voz orgásmica a la mañana temprano (-“Ay, cómo lo trato, de Usted o de vos?” –Papito. Decime papito…). Que mi jefe tenga una reunión y yo no tenga que cuidarme de él para perder el tiempo por Internet. Que me pidan un trabajo urgente y yo ya lo tenga hecho en Word. Fingir que lo hago y mientras luzco concentrado escribiendo, actualizar todos mis blogs.

Pero odio con balbuceos en lenguas extrañas llegar 09.15 al trabajo y enterarme que mi jefe llamó 09.10 y le dijeron que yo no había llegado aún. Enterarme que mi otro jefe de 63 años (que trabaja a 3 metros de mí) tiene una vista de lince aunque yo pensaba que era ciego como un topo, y me mira con cara de culo cada vez que entro a Internet. Que nunca logre ordenar mi escritorio a pesar de las recomendaciones estilo “clean desk”. Mantenerme despierto a fuerza de café de máquina y descubrir a media tarde que tengo el sistema nervioso y el estómago pulverizados. Que la gente de sistemas me hable con términos como “Patch”, “Hub”, “Máscara” o “IP”, cuando a duras penas yo aprendí para qué sirve el botón que dice “Reset”. (Flaco, hacelo como quieras. Yo sólo necesito apretar un botón y ver la imagen de la sucursal!!)