Amo como a una fellatio de Angelina Jolie que en el restaurante haya suficiente espacio entre las mesas como para no escuchar la conversación de los otros comensales, que la panera tenga algo especial, como fugazzetitas o pan frito con orégano, que justo lo que yo quiero comer sea barato en comparación con los demás precios, que haya levité pomelo y no todo sea con gas, que en el menú haya algo que sea rico y no engorde, que el mozo sea amable pero no confianzudo, que la comida y la cuenta vengan rápido, que no cobren servicio de mesa, que la moza de lindo culo te tire onda todo el tiempo aunque te des cuenta de que lo hace para ganarse la propina.
Pero odio hasta que me rechinen los dientes tener que esperar para conseguir mesa, tener que ir con mi plato o bandeja deambulando para servirme yo mismo, que alguno de tus amigos quiera pedir vino a la carta y después divida la cuenta en partes iguales aunque vos hayas tomado sólo agua mineral, tener que devolver el plato porque algo estaba crudo o podrido y no saber qué le va a hacer el mozo en represalia, que la mina de la mesa de al lado fume y el humo te vaya a la cara mientras comés, tener muchas ganas de comer algo y cuando pedís te digan “No. Eso no hay”, llenarte con el pan con manteca y no tener más hambre cuando llega la comida.
Pero odio hasta que me rechinen los dientes tener que esperar para conseguir mesa, tener que ir con mi plato o bandeja deambulando para servirme yo mismo, que alguno de tus amigos quiera pedir vino a la carta y después divida la cuenta en partes iguales aunque vos hayas tomado sólo agua mineral, tener que devolver el plato porque algo estaba crudo o podrido y no saber qué le va a hacer el mozo en represalia, que la mina de la mesa de al lado fume y el humo te vaya a la cara mientras comés, tener muchas ganas de comer algo y cuando pedís te digan “No. Eso no hay”, llenarte con el pan con manteca y no tener más hambre cuando llega la comida.
