Amo con sinceridad peligrosa cuando las chicas con pequeños bikinis (y el cuerpo adecuado para usarlo) se meten al mar y las olas hacen lo suyo, corriéndo la tela unos milímetros en cada embestida, mientras ellas lo acomodan entre risas, amo caminar kilómetros por la arena y no darme cuenta, cuando en la ciudad quedo con la lengua afuera y enfermo de fastidio a las dos cuadras, amo ir de noche a la playa y ver el cielo limpio con una cantidad de estrellas que las luces y el smog de la metrópoli no dejan apreciar, amo alquilar carpa (cuando la plata da) en un buen balneario que ofrezca actividades recreativas como paddle, restaurante, duchas o alquiler de juegos de mesa, que la arena esté limpia y rastrillada, que la playa no sea ni del todo familiar con la típica familia ballenezca que toma mate y come sandwiches de milanesa, ni del todo fashion, con pendejos rubios y lolitas creídas que se producen como si fueran a bailar, amo leer a la sombra mientras la leve brisa del mar me acaricia el cuerpo, amo que el alojamiento de las vacaciones quede cerca de la playa y no tenga que caminar cargado de bártulos en un raid demencial al rayo del sol y amo cuando el mar tiene buenas olas que me permiten barrenar como si fuera un chico, quedándome en el agua hasta que los dedos se me arrugan.
Pero odio con virulencia de rostro inexpresivo ir caminando por la costa y ver que en el agua flotan choclos comidos, bolsas de nylon o paquetes de saladix, entre otras cosas, odio las colillas de cigarrillo en la arena (pocas cosas me dan más asco en la vida), odio que alquilar una carpa una semana cueste lo mismo que alquilar un departamento de tres ambientes por el mismo lapso, odio no encontrar nadie en la familia o amigos a quien le guste hacer las mismas cosas en la playa, derivando en aburrimiento, odio el viento que levanta la arena y se te clava como millones de dardos microscópicos en el cuerpo, odio los vendedores ambulantes en todas sus formas (pareos, bijouterie, choclos, aviones de telgopor etc.), odio los perros en la playa, las dificultades para sacarse la arena pegada en los pies que invariablemente termina en el departamento o en el auto, odio pensar "qué bueno, llegué en forma al verano!!!" y al mirar las fotos darme cuenta de que tengo el mismo cuerpo desde hace 3 o 4 años y que el tiempo no vueve atrás, odio quemarme los pies con la arena, odio llevar bultos a la playa pero también odio darme cuenta de lo bien que me hubiera venido tal o cual cosa, y odio olvidarme que tenía 50 pesos en el bolsillo de la malla cuando ya me metí en el mar hasta la cintura...
