sábado 31 de enero de 2009

Amores y odios en la playa...

Amo con sinceridad peligrosa cuando las chicas con pequeños bikinis (y el cuerpo adecuado para usarlo) se meten al mar y las olas hacen lo suyo, corriéndo la tela unos milímetros en cada embestida, mientras ellas lo acomodan entre risas, amo caminar kilómetros por la arena y no darme cuenta, cuando en la ciudad quedo con la lengua afuera y enfermo de fastidio a las dos cuadras, amo ir de noche a la playa y ver el cielo limpio con una cantidad de estrellas que las luces y el smog de la metrópoli no dejan apreciar, amo alquilar carpa (cuando la plata da) en un buen balneario que ofrezca actividades recreativas como paddle, restaurante, duchas o alquiler de juegos de mesa, que la arena esté limpia y rastrillada, que la playa no sea ni del todo familiar con la típica familia ballenezca que toma mate y come sandwiches de milanesa, ni del todo fashion, con pendejos rubios y lolitas creídas que se producen como si fueran a bailar, amo leer a la sombra mientras la leve brisa del mar me acaricia el cuerpo, amo que el alojamiento de las vacaciones quede cerca de la playa y no tenga que caminar cargado de bártulos en un raid demencial al rayo del sol y amo cuando el mar tiene buenas olas que me permiten barrenar como si fuera un chico, quedándome en el agua hasta que los dedos se me arrugan.
Pero odio con virulencia de rostro inexpresivo ir caminando por la costa y ver que en el agua flotan choclos comidos, bolsas de nylon o paquetes de saladix, entre otras cosas, odio las colillas de cigarrillo en la arena (pocas cosas me dan más asco en la vida), odio que alquilar una carpa una semana cueste lo mismo que alquilar un departamento de tres ambientes por el mismo lapso, odio no encontrar nadie en la familia o amigos a quien le guste hacer las mismas cosas en la playa, derivando en aburrimiento, odio el viento que levanta la arena y se te clava como millones de dardos microscópicos en el cuerpo, odio los vendedores ambulantes en todas sus formas (pareos, bijouterie, choclos, aviones de telgopor etc.), odio los perros en la playa, las dificultades para sacarse la arena pegada en los pies que invariablemente termina en el departamento o en el auto, odio pensar "qué bueno, llegué en forma al verano!!!" y al mirar las fotos darme cuenta de que tengo el mismo cuerpo desde hace 3 o 4 años y que el tiempo no vueve atrás, odio quemarme los pies con la arena, odio llevar bultos a la playa pero también odio darme cuenta de lo bien que me hubiera venido tal o cual cosa, y odio olvidarme que tenía 50 pesos en el bolsillo de la malla cuando ya me metí en el mar hasta la cintura...

domingo 4 de enero de 2009

Luz, cámara...

Amo hasta la explosión de mi corazón ir al cine cuando estrenan una película que esperé por mucho tiempo, el pochocho salado (imprescindible contar con bebida), las películas de acción que logran ser originales y con argumento inteligente, las de terror que no se basan sólo en efectos especiales o digitales, amo ver los trailer de los próximos estrenos y comentar con quien me acompañe “…esta la voy a ver, esta ni loco…”, amo aprovisionarme de dulces, botellas, galletitas etc. en el kiosco de enfrente, burlando a la mafia usurera de Cinemark o Hoyt´s que te cobran mil dólares la gaseosa chica, amo los finales ingeniosos e inesperados, amo las películas que duran una hora y media (en los 80 todas duraban eso. Ahora el promedio es un poco más de dos horas), amo el cine de Tarantino, Night Shyamalan, Robert Rodriguez y Guy Ritchie, amo a Jim Carrey y Bruce Willis y daría diez años de mi vida por media hora con Scarlett Johansson, amo toda la liturgia “salida al cine con una chica”, con cena previa, charla posterior en barcito coqueto…y final feliz.

Pero odio con ceguera irreversible llegar al cine y ver que todas las películas empezaron, que en la cartelera no haya ninguna que me entusiasme de verdad y elija ver cualquiera bajo riesgo de comerme un garrón, odio las películas que no tienen sexo, violencia, sangre, monstruos o tiros, odio el cine europeo excepto algunas (pocas) excepciones, odio que me toque un jugador de NBA en la butaca de adelante, un inquieto con los pies en la de atrás, una pareja de habladores compulsivos a un costado o uno que haga ruido con el paquete de papas fritas al otro, odio a Woody Allen y Michael Moore, odio las películas “cámara en mano” que pululan como moscas y perdieron originalidad después de “The Blairwitch Project”, odio los cupones de descuento que o bien no incluyen el cine y la película elegida o bien vencieron hace tres meses, odio que el vendedor de entradas me diga “quiere llevarse unos caramelos Mogul por diez pesos más?”, odio ir al cine en grupo y que nadie se ponga de acuerdo con qué película ver, por lo que siempre alguien quedará disconforme.